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El otro día nos dejamos caer por la subasta del Hôtel Metropole de Monte Carlo para seguir la pista a un par de lienzos “a la manera” de Dufy y de Chagall atribuidos a nuestro querido falsificador Elmyr de Hory. Nuestro contacto ya nos había advertido de que esas obras olían a chamusquina. Probablemente se trataba de falsos Elmyres, es decir, falsificaciones de las obras del falsificador que se transan sin mayor problema por las cloacas subterráneas del mercado del arte. Nuestra presencia causó cierto revuelo entre los monegascos y los subasteros, que nos dedicaron unas atentas referencias seguramente con el objetivo de calentar las pujas.


Pues bien, los incautos fueron un anticuario armenio y una anciana millonaria italiana que llevaba un caniche en brazos. Nosotros pudimos comprobar que se trataba de auténticas baratijas sin valor tras verificar que el sistema de firmas era una auténtica estafa. No les dijimos nada porque, como decía Elmyr, el valor del arte no está en la firma, sino en la obra (que por cierto era de dudoso gusto).

 

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